La soledad cautiva


La soledad nunca fue verdugo, 

yo le tomé su mano 

y aprisioné, 

culpándola por mi miseria, 


ella me miraba desconcertada, 

no entendía qué sucedía 

mientras yo justificaba mi miseria, 


la miraba con amargura 

y desprecio, 


y en contraparte 

ella lamentaba mi lamento, 

lloraba mis derrotas 

y abrazaba mi cuerpo, 


hasta que un momento pidió libertad, 

y decía: 

“Ya tienes compañía”, 


pero terco de mí 

la cosí a mi alma 

y apesadumbrada se movía al son 

de mi lamento. 


Por las noches escuchaba 

sus sollozos, 

y no entendía cómo la soledad 

podía ser una prisión, 


donde ella padeció el síndrome de Estocolmo, 

y comprendí que el mal era yo: 


fui el verdugo 

de la dulce y apacible soledad.