
Una memoria sin recuerdo
Tengo una familia de lo más normal,
tomo malta con harina tostada
para ver los partidos de la selección,
los domingos veo tolerancia cero con un buen mate
y voy a la iglesia más cercana por la mañana
tengo nietos, hijos y sobrinos,
leo diariamente con una gran lupa
y voy a la feria todos los días,
para estirar los pies,
voy al hospital a conversar con los demás viejos
y no tan viejos, dándoles consejos de un hombre
que ha vivido lo suficiente para creer que tiene sabiduría.
Tengo diabetes, hipertensión
y mi memoria que de vez en cuando me falla,
pero no le doy importancia,
ya que siempre se nos olvida
de vez en cuando algo ¿Verdad?
yo por lo menos lo veo de lo más típico ¿No?
así es la vida,
así es mi día,
no sé ya como sobrellevarla de distinta forma.
Recuerdo cuando me casé,
joven, cantante y lector,
temeroso de un Dios,
teniendo cinco hijos con mi mujer,
hasta que estalló el golpe militar,
lo recuerdo bien,
todo sumido bajo el miedo
y el silencio,
deshaciéndome de mis libros de Fidel Castro,
del Che Guevara y música de Víctor Jara,
revisando el diario al día siguiente,
viendo la televisión en blanco y negro,
como todo cambió,
ahí recordé cuando Salvador Allende visitó
la fábrica donde trabajaba en Arica y me dijo
“Hola Compañero”,
ya todo se reinició,
todo lo de ayer no regresó,
un nuevo mandato era el de hoy,
uno que duraría más de lo que quisiera asumir,
solo silencio había en la habitación.
Recuerdo a mi madre que en paz descanse,
a mi viejo que duro casi un siglo,
a mis queridos hermanos que migraron
y otros que se quedaron
gente de campo, que vio como lo que era verde
se convirtió en urbe,
humo y autos,
carretas y fábricas,
eucalipto a smog,
tierra a carretera,
todo ello en menos de 50 años.
Reumen pueblo estancado,
Valdivia ciudad en potencia,
siempre pienso,
que todo tiempo pasado fue mejor,
solo nostalgia hay en mi suspiro,
extraño a mi madre,
aunque tenga los años que tenga
y estos pesen en mi espalda,
como si de un niño se tratara,
esperando reencontrarme con ella
enlace vida eterna.
Nadar por los mares de Arica,
criar a mis hijos y apoyar a mi mujer
que trabajaba de costurera,
tiempos difíciles eran,
de eso no hay duda,
pero que recuerdos hermosos son.
Mi primer y único vehículo,
trabajar de taxista
por las calles de la eterna primavera,
la bella cucarda, las aves que la acompañaban,
lugares que sólo viven en mi memoria
que se está deteriorando poco a poco,
que en silencio se va apagando,
que mis recuerdos se están escapando
como de un rompecabezas
que se está quedando sin piezas se tratara,
y que ello no volverá jamás,
mi lamento es grande,
es perder mi identidad,
perder el ente que se forjó a costa
de experiencias vividas del pasado
y que en un pestañeo ya no están.
Recuerdo no recordar
lo último que había hecho,
solo había un vacío existencial,
que me cuestionaba por qué era así,
no creí estar enfermo,
no entendía qué era estar enfermo,
solo vivía y perdía la noción del tiempo,
la orientación de mi ente y cuerpo,
voy por lares caminando,
voy buscando e indagando
piezas repartidas en la línea
que me ayuden a estar aquí,
para no perder el rumbo de mi vida,
como el resto de mis viejos amigos,
que sufren y temo ser uno de ellos,
en un futuro no muy prometedor,
le temo, aunque los años que tengo encima
deberían darme la experiencia de entender
que es normal que un cuerpo se canse de andar,
que se oxide al caminar,
que en algún momento los medicamentos van a llegar,
para sobrevivir un día más.
Llegó mi nieto regalón,
estando yo ya viejo, casi ciego
pero con energías de amar,
ser abuelo de una criatura
que me trajo muchas alegrías,
sorpresas y sonrisas,
una conexión especial
que lo iba a proteger hasta el final,
hasta final de mis días,
y así fue, lo vi crecer,
desde pequeño le enseñé,
que la empatía era lo más importante
y que a un viejo le gusta contar historias pasadas
aunque se repitan una y otra vez,
agradezco a la vida por su llegada,
porque sin él tal vez todo sería una historia
completamente distinta,
le enseñé sus primeros pasos
y el me ayudó a dar los últimos
antes que cayera en cama y no pudiera levantare más.
Me devolvió la mano,
cuidó de mí,
del viejo en el que me convertí,
ya no era el joven que recordaba en un ayer,
¿En qué momento se es viejo?
¿Acaso es solo por llegar a una edad establecida
o es cuando tu cuerpo ya necesita descansar de tanto caminar?
tal vez son divagaciones de un joven,
que escribe las memorias de su viejo,
que amó y ama,
que lo extraña, aunque pasen los años,
como el extrañaba a su madre,
yo lo extraño hasta que me vuelva como él,
un viejo lleno de amor y misticismo,
con gran sabiduría y dedicación para explicar
lo que uno no entendía,
y aunque quedaron cosas sin contar
siempre que pude lo quise escuchar,
caminar por la feria todos los días,
tomar una bebida de pomelo con una empanada,
este no es solo un poema sino algo
que existe, que es historia, existe amor por estás
pequeñas andanzas sin rumbo por mi mente,
mente que mi viejo perdió en algún momento.
En la profundidad de la mente humana,
y quizá solo son neuronas que entrelazan todo el cerebro,
existen diferentes factores que dan la pérdida de memoria,
y una de ellas es mi edad,
todo lo que construí para mi vejez, lo estoy perdiendo,
mi orientación, la comunicación y el amor,
adiós, aunque no quisiera despedirme,
adiós porque tal vez no regrese más
del lugar al que vaya,
a ese vacío existencial,
dónde iré a parar,
tal vez al universo,
tal vez a otra vida,
no lo sé, pero tengo miedo,
de no volver nunca más.
Olvidé primeramente cosas cotidianas,
situaciones de lo más burdas,
las llaves, el reloj, la billetera
que siempre se movía de lugar,
redundante y mísera situación,
frustrante y doloroso acontecer,
melancolía por doquier,
olvidando mi propio ser,
mi ente y mi cuerpo ya no corresponden a mí,
desgastado y oxidado ser dentro de mí,
llorando y esperando a que acabe con la agonía
del que fue en su apogeo un joven lector,
cantante y amante del amor,
ahora solo quedan los vestigios de un doloroso ayer,
que quisiera que fuesen hoy,
¿En dónde quedé?
en lo angustiante de mi hoy,
de lo que mi vida estuvo compuesta.
¿Cómo llegué tan lejos, sin perder la noción?
no lo recuerdo, no presté atención,
soy un lienzo en blanco cada día,
cada tarde, cada noche, cada instante,
cada vez que mi cuerpo me lo pide,
reinicio, y cuando me pierdo,
alguien me encuentra,
postrado estoy, postrado estaré,
perdiendo mis últimos años de vida,
mis años que pudieron ser mejor
que solo estar encerrado en este cuerpo que funcionó,
pero que ya no es así,
veo el tiempo pasar frente a mis ojos enceguecidos,
cansados y que se ven que vivieron
más de lo que esté cuerpo pudo soportar.
En los retazos de mi memoria,
fragmentada y dañada,
todo es nuevo,
el amanecer y el anochecer,
las flores y sus aromas,
cayendo en una espiral de desgaste
en donde no terminará
hasta que el reloj de arena no funcione más,
hasta que disocie lo real con lo abstracto,
sumido en un dolor perpetuo,
adoleciendo con cada trozo de mi memoria
que dura un suspiro, que es efímero,
y en dónde por un instante soy yo.
esperando que mi vida acabe,
porque esto no es vivir,
es sufrimiento,
ya no voy a la iglesia,
ni camino por la feria con mi nieto
no tomamos bebida de pomelo con empanada,
no hay partidos con malta y harina tostada,
ni domingo de tolerancia cero con mate,
solo silencio,
en mi habitación lleno de todo
y de nada a la vez,
mis libros llenos de polvo,
a mi nieto que no puedo abrazar,
solo silencio hay en mi habitación,
solo esperar mi muerte con antelación,
solo esperar, solo esperar,
en qué estaba, ya no lo recuerdo,
ya lo olvidé,
claro, ahora viene a mi mente otra vez,
saben yo tengo una familia de lo más normal…

En memoria de Alfredo Hidalgo Rivera